Para D.
¿Puedes imaginarme sentado en una
habitación casi vacía? Las paredes son blancas. No hay polvo. Hay una ventana y
una puerta. Por la ventana entra la luz del sol de las tres de la tarde, hora
en que algunas imágenes escapan de las siestas ajenas. Afuera, un jardín
presume sus flores. Luego, puedes elegir entre el mar o un enorme muro de
piedra lleno de enredaderas. Si escoges el mar, decóralo con un grupo de
ballenas o algún otro mamífero impresionante. Si te decantas por el muro, probablemente
lo llenarás de hojas que caen y que contrastan con las flores del jardín, como
en otoño. O puede que elijas, ¿por qué no?, un abismo, o el fin del mundo, o
cualquier otra cosa. Lo importante es la habitación.
Ahora bien. Como te dije, yo estoy sentado
ahí. Tengo un libro. En realidad es un cuaderno en blanco, pero parece un
libro. El color de las hojas es amarillento y da la impresión de ser viejo.
Entre las páginas hay algunas manchas como de agua. Pueden ser lágrimas o
huellas de insectos aplastados. En una de las esquinas de la habitación hay un
bolígrafo de tinta azul. Las noches son
oscurísimas. Imagina un baile de sombras en invierno, con la luz de luna.
Imagina que de pronto la luna hace gestos.
Yo estoy sumido en un trance. Una fuerza
que no conozco me está haciendo soñar. La llamaremos destino o suerte. Las
imágenes que veo son nítidas. También escucho cosas como si las tuviera
enfrente de mí. La verdad es que las llevo adentro, y esa fuerza no me las
muestra, sino que simplemente me hace recordarlas.
Veo: un armario, una comida, una habitación
amarilla, una larga mesa, el túnel de luces. Entonces, una a una, formas y
figuras, detalles de un rostro que me es completamente ajeno, ojos azules, pelo
negro, piel blanca. Eres tú, yo sé que eres tú, pero al mismo tiempo lo ignoro.
Lo ignoraré por mucho tiempo.
Me encontraré en ese trance más o menos por
un año. Quizás poco más de un año. Pasarán todas las estaciones. El jardín se
transformará una y otra vez. Vendrán las bestias, el abandono, la brisa, los
relámpagos. Cadáveres de animales decorarán la tierra y luego se irán. A veces
el jardín se inundará, y otras veces se volverá polvo. Yo estoy soñando,
sentado. Así, largamente. Con una lentitud plausible.
Y entonces abres la puerta.
Pero lo cierto es que, la primera vez que
lo haces, apenas y te asomas. Esa primera vez no pudiste sacarme del trance. La
segunda vez, sin embargo, entraste. Me di cuenta de todo esto porque lo estuve
soñando. Soñaba lo que estaba sucediendo a mis espaldas. Hubiera sido más fácil
abrir los ojos y verlo, sí. Pero no se podía. De cualquier forma, permaneciste
de pie. Luego empezaste a curiosear por ahí. Aunque no había mucho qué ver, es
cierto. Te gustó el blanco (lo deduje por tu expresión) y también la forma de
la ventana. Observaste la ventana durante días. Luego, una noche, mientras
caían las primeras gotas de lluvia, te decidiste a mirar el jardín.
Aunque llovía, estoy seguro de que no fue
la lluvia lo que hizo que los pétalos de algunas flores se desprendieran y
cayeran suavemente al agua. Esto también lo vi. Sentí una leve urgencia de
abrir los ojos.
A las tres de la mañana, te acercaste a mí,
tomaste el cuaderno y dibujaste algo en la portada. Círculos, cuadrados, líneas.
Esta parte de la visión es borrosa. No usaste tinta ni una punta afilada, no,
sólo tu dedo. Descubriste el bolígrafo, pero tu gesto me hizo comprender
algunas cosas. Entre otras: que la magia sale de la epidermis y adopta formas
caprichosas en todas partes; que las flores que caen al suelo, indefensas,
brotan segundos después, más briosas y llenas de determinación y duda y tiempo;
que las ballenas gustan de jugar con sus cuerpos, que se dan golpes de agua y
gimotean cuando pierden; que a veces basta una luciérnaga que entre
intempestiva en una habitación y en una carta.
Imagina que pones tu mirada en mis ojos, y
que éstos, reaccionando como lo hicieron los pétalos, tratan de mirarte. Los
párpados luchan por abrirse. Afuera amanece y un viento mueve las hojas del cuaderno.
Si elegiste el mar, entonces el amanecer es impresionante, lo mismo que si
escogiste un acantilado. Si te fuiste por el enorme muro de piedra, podrás
escuchar el canto de algunos pájaros. Hay de todas clases. Uno de ellos,
pequeño, con el pecho lleno de plumas rojizas, se para en la cornisa de la
ventana. Ve a través de tus ojos. Estás sorprendida.
Aún trato de abrir los ojos, o al menos es
lo que imagino que hago. Y tú recibes una taza que un ave te trajo desde lejos.
Es de porcelana. Parece barata, pero no te quedes con la primera impresión.
Imagina un chorro de café que baja del
techo. Haz un esfuerzo: el café está justo como a ti te gusta. Sigo tratando de
abrir los ojos. Algunas nubes se agrupan en el cielo y los lobos aúllan,
desorientados. Hablábamos de magia. No soy ilusionista, pero me sé algunos
trucos. Los he plasmado en el cuaderno (imagina que lo hice). Ahora lee.
Este es mi intento de magia.